
En la España de Franco cada hombre tenía su lugar.
Roberto, un vecino de mi bisabuelo, era una persona algo inquieta; sobre todo cuando unos cuantos policías se quedaban con sus tierras y sus cosechas por pensar distinto.
Cuando Roberto murió, el cura de la parroquia ordenó que no lo enterraran en La Iglesia, como se acostumbraba en aquel entonces.
El cura pidió que lo enterraran en un lugar alejado porque Roberto era un hombre sin Dios, sin luz y sin Patria.
Paola
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